Nunca olvidaré el día en que me di cuenta de que estaba caminando como mi abuela.
Fue poco después de cumplir 40 años.
Una mañana, al levantarme de la cama y dirigirme al baño, sentí un dolor horrible en el dedo gordo del pie que se extendía por el pie y los tobillos.
Quería caminar sin dificultad por el dormitorio, pero lo único que podía hacer era cojear. A medida que la cojera me obligaba a cargar más el lado derecho del cuerpo, notaba que la rodilla también estaba dolorida y rígida.
Entonces me di cuenta de que estaba ligeramente encorvada porque la espalda baja y las caderas estaban igual de tensas.
Me sentía vieja, vencida y frustrada.
Preocupada por el hecho de que estaba caminando como una anciana, empecé a pensar en todos los problemas de salud que tenía mi abuela: hipertensión arterial, colesterol alto, enfermedades cardíacas. Ya había sufrido dos infartos y un derrame cerebral.
Comencé a preguntarme con pánico: "Si estoy caminando como mi abuela, ¿cuánto tiempo falta para que yo también sufra las mismas enfermedades crónicas?"
No tardé en buscar consejo médico. El doctor me explicó que estaba mostrando todos los signos tempranos de inflamación crónica.
Dijo que la inflamación crónica suele ser la causa raíz de muchos problemas de salud graves, y que es fundamental abordarla a tiempo para evitar daños mayores.
Él y sus colegas llevaban años refiriéndose a ella como el "Asesino Silencioso".
Decidida a entender mejor el problema, me sumergí de lleno en investigar las causas y efectos de la inflamación crónica. Lo que descubrí fue alarmante y revelador.